Por: Silvano Pimentel
Respuesta a Diulka Perez.
La bella Diulka Pérez, prestigiosa locutora y miembro del staff del programa en la emisora Z-101, publicó un escrito expresando su apoyo a la explotación minera en San Juan, al cual nos permitimos responder los argumentos que allí expone.
La pobreza no se combate destruyendo la tierra,ni contaminando las aguas.
Nadie puede negar la pobreza histórica que ha vivido el pueblo de San Juan. Nadie puede desconocer el sacrificio del campesino que ha crecido entre sequías, abandono estatal y falta de oportunidades. Pero precisamente por conocer esa realidad, resulta peligroso utilizar el sufrimiento de la gente como argumento para justificar la minería metálica en la Cordillera Central.
Porque la pregunta no es si existe pobreza.
La verdadera pregunta es: ¿la minería ha sacado de la pobreza a los pueblos donde se instala?
La experiencia demuestra que no.
Los pueblos mineros en América Latina repiten el mismo patrón: llegan las empresas prometiendo desarrollo, empleo y progreso; pasan los años, se extrae el oro, se exportan miles de millones de dólares, y las comunidades quedan con ríos contaminados, tierras improductivas, enfermedades y economías dependientes que colapsan cuando la mina se va.
La pobreza del campo sanjuanero no nació por falta de minería.
Nació por décadas de abandono estatal, falta de inversión agrícola, carreteras destruidas, ausencia de créditos productivos y políticas públicas que nunca priorizaron al campesino.
Decir que la minería es la solución equivale a aceptar que el único futuro posible para San Juan es entregar su agua, su montaña y su capacidad agrícola.
Y ahí está el punto central:
San Juan no es pobre porque le falte oro; San Juan es rico porque tiene agua y tierra fértil.
La Cordillera Central no es un terreno vacío esperando explotación. Es la principal fábrica de agua del país. De allí nacen ríos que alimentan la agricultura del sur y garantizan la seguridad hídrica nacional. Convertir esa zona en un distrito minero significa poner en riesgo la base misma de la vida productiva dominicana.
La pobreza no se combate cambiando conucos por cráteres.
Quien conoce el campo sabe que el campesino no quiere limosnas ni empleos temporales de minería; quiere caminos vecinales, mercados justos, apoyo técnico, acceso a financiamiento y políticas agrícolas sostenibles.
La minería ofrece empleos limitados y temporales.
La agricultura bien apoyada genera sustento permanente por generaciones.
Defender la naturaleza no es romanticismo ni ignorancia urbana.
Es entender que sin agua no hay agricultura, sin agricultura no hay alimentos y sin alimentos no hay soberanía.
Nadie niega el dolor de la pobreza.
Pero usar ese dolor para presentar la minería como salvación es convertir la necesidad del pueblo en argumento de explotación.
La verdadera dignidad no consiste en aceptar cualquier modelo económico, sino en exigir uno que no obligue a elegir entre comer hoy o destruir el mañana.
San Juan no necesita minas.
Necesita justicia histórica, inversión agrícola y desarrollo sostenible.
Porque el oro se acaba.
El agua y la tierra, si se pierden, no vuelven jamás.



